Por Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar
15-Marzo-2020.
III. dom. de cuaresma.
Ex 17, 3-7; Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9; Rom 5, 1-2.
5-8; Jn 4, 5-42.
“Un manantial capaz
de dar la vida eterna”
Llegamos al tercer
domingo de cuaresma, seguimos el camino de cambio y conversión, sino lo hemos
hecho nos queda todavía tiempo para tomar esta senda que nos llevará a la
Pascua. Por ello, las lecturas de la Palabra se centran en el tema del agua. El
agua en el cristianismo simboliza limpieza, gracia, renovación. Por eso en la
lectura de Éxodo, nos narra el acontecimiento de Moisés que el Pueblo de Israel
en el desierto tiene sed y entonces el patriarca liberador va con los ancianos
(principales) del pueblo y golpea la roca donde está Dios y de ahí brota
abundante agua para saciar la sed.
El mismo Salmo 94 nos da la referencia de
ese hecho histórico del pueblo liberado que tuvo la rebelión de Meribá y de
Masá, por la sed y la carencia de agua: la falta de fe de aquel pueblo que se rebelaba a su Dios y fue con la acción de Moisés dónde
Dios se manifestó al brotar agua de la roca para dar testimonio de su poder.
Por su parte el
magisterio que nos hace San Pablo a los Romanos, nos habla de la gracia que
Dios nos hace al derramar en nuestros corazones al Espíritu Santo que será para
nosotros esa fuente de “agua viva” de la gracia que podemos vaciarla a los demás.
Finalmente el Evangelio
de Juan, es una lectura extensa y no se agota en una sola reflexión por ser
abundante en contenido. En ella nos narra la historia de la mujer samaritana que
en el pozo de agua de Jacob, descubre, por todo lo que Jesús le dice, que él es
el Mesías el Cristo. Jesús le expresa que él da el agua que sacia la sed para
siempre. Este Evangelio es una parábola, se representa a todos nosotros. El
Evangelio de Jesús es fuente de agua viva, que nos trasforma (limpia) para ser sus
seguidores (discípulos) y evangelizadores.
Por eso, en este
tercer domingo de cuaresma, la Propuesta
de Jesús hoy nos invita a:
+Vivir como comunidad
parroquial o movimiento nuestro carisma que debemos ponerlo en servicio a los
demás y no dormirnos en nuestros laureles.
+A que como familia
en nuestro barrio nos pongamos en servicio con los vecinos para vivir una
fraternidad comunitaria, que nos lleve a mejorar el ambiente en que nos
encontramos.
+Que nuestra persona
sea signo de “agua viva” que brote de nuestro interior al apoyar y ayudar en
nuestra parroquia o comunidad, para que los demás sacien su “sed” de hermandad,
comprensión o consuelo.
Para que de tal
manera podamos decir: “…tengo por comida un alimento que ustedes
no conocen…mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término
su obra [y Saciarlos con el agua que da la vida]”.

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