Estamos ya en el cuarto domingo de Cuaresma, preparándonos para la Pascua. Es un tiempo fuerte para nosotros los cristianos, pues damos pasos firmes hacia la conversión, la penitencia, el ayuno y la caridad. De esta manera, disponemos el espíritu para la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
Sin embargo, nos ha tocado vivir este tiempo en un contexto global convulso. El mundo enfrenta conflictos en diversos puntos: la tensión entre Estados Unidos e Israel contra Irán; la guerra en Ucrania, que suma ya cuatro años de enfrentamiento contra Rusia; y las recientes luchas entre Pakistán y Afganistán. Aquí en México, padecemos un estado de terror sembrado en la población, evidenciado por la quema de establecimientos en más de 20 estados de la República. Ante este panorama violento, tanto nacional como internacional, se desarrolla nuestra Cuaresma.
Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre la luz. El primer libro de Samuel relata la búsqueda del nuevo rey de Israel; en ella, el profeta, como hombre de Dios, no busca entre los hijos de Jesé al más alto, al más fuerte ni al más sabio, sino al más sencillo: David, el menor y pastor de la familia. Al ser ungido, el Señor nos regala esta máxima: “El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones”.
Por su parte, el Salmo 22 refuerza este tema de iluminación: “Me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú estás conmigo”. El mismo salmo responde a ese ungido, David, quien prefigura a Cristo, el Ungido por excelencia.
San Pablo, en su carta a los Efesios, aborda de lleno la enseñanza de la luz: “En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz”. Y nos exhorta: “Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz”. Esa luz, como dice el apóstol, es bondad, santidad y verdad. Finalmente, nos invita a rechazar las obras de las tinieblas, que son estériles, pues “todo lo iluminado por la luz se convierte en luz”. Pablo nos propone un principio revelador de la vida interior: la iluminación. Esto se traduce en una experiencia profunda de Dios que transforma nuestra existencia en amor, paz, mansedumbre y unidad. Sin ella, caemos en la oscuridad o en la “muerte espiritual”. A esto se refería Jesús con la frase: “Dejen que los muertos entierren a sus muertos”: hablaba de quienes carecen de vida en el espíritu.
Finalmente, el Evangelio de San Juan narra la historia del ciego de nacimiento, aquel que vivía en sombras. En este relato, Jesús le devuelve la salud al ungir simbólicamente sus ojos con lodo y saliva, enviándolo a lavarse a la fuente de Siloé para recobrar la vista. Este milagro incomoda a los fariseos y provoca la humillación del hombre sanado, quien valientemente reconoce a Jesús como “luz del mundo”, profeta, Mesías y Dios, postrándose para adorarlo.
Por ello, la propuesta de Jesús hoy es:
Profundizar en nuestra vida espiritual para alcanzar esa iluminación necesaria que genere frutos en nuestra familia, comunidad e Iglesia.
Discernir lo que consumimos, como al apagar el televisor cuando los programas no nos edifican; no todo lo que vemos o escuchamos es lo que realmente necesita nuestro corazón.
Ser “luz” para los demás mediante acciones concretas, como llevar alimento o consuelo a quienes esperan en las salas de urgencias de hospitales y clínicas.
Que, a través de nuestro testimonio, podamos decir con la misma certeza del ciego: “Solo sé que yo era ciego y ahora veo”.


