viernes

La luz de Cristo que nos ilumina para la vida




Por Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar


15 de marzo de 2026.
IV.dom.Cuaresma.ciclo. “A”.
1 Sam 16, 1. 6-7. 10-13; Sal 22, 1-3a. 3b-4.5.6; Ef 5, 8-14; Jn 9 1-41.



“Fue se lavó y volvió con vista”

Estamos ya en el cuarto domingo de Cuaresma, preparándonos para la Pascua. Es un tiempo fuerte para nosotros los cristianos, pues damos pasos firmes hacia la conversión, la penitencia, el ayuno y la caridad. De esta manera, disponemos el espíritu para la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

     Sin embargo, nos ha tocado vivir este tiempo en un contexto global convulso. El mundo enfrenta conflictos en diversos puntos: la tensión entre Estados Unidos e Israel contra Irán; la guerra en Ucrania, que suma ya cuatro años de enfrentamiento contra Rusia; y las recientes luchas entre Pakistán y Afganistán. Aquí en México, padecemos un estado de terror sembrado en la población, evidenciado por la quema de establecimientos en más de 20 estados de la República. Ante este panorama violento, tanto nacional como internacional, se desarrolla nuestra Cuaresma.

       Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre la luz. El primer libro de Samuel relata la búsqueda del nuevo rey de Israel; en ella, el profeta, como hombre de Dios, no busca entre los hijos de Jesé al más alto, al más fuerte ni al más sabio, sino al más sencillo: David, el menor y pastor de la familia. Al ser ungido, el Señor nos regala esta máxima: “El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones”.

     Por su parte, el Salmo 22 refuerza este tema de iluminación: “Me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú estás conmigo”. El mismo salmo responde a ese ungido, David, quien prefigura a Cristo, el Ungido por excelencia.

     San Pablo, en su carta a los Efesios, aborda de lleno la enseñanza de la luz: “En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz”. Y nos exhorta: “Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz”. Esa luz, como dice el apóstol, es bondad, santidad y verdad. Finalmente, nos invita a rechazar las obras de las tinieblas, que son estériles, pues “todo lo iluminado por la luz se convierte en luz”. Pablo nos propone un principio revelador de la vida interior: la iluminación. Esto se traduce en una experiencia profunda de Dios que transforma nuestra existencia en amor, paz, mansedumbre y unidad. Sin ella, caemos en la oscuridad o en la “muerte espiritual”. A esto se refería Jesús con la frase: “Dejen que los muertos entierren a sus muertos”: hablaba de quienes carecen de vida en el espíritu.

    Finalmente, el Evangelio de San Juan narra la historia del ciego de nacimiento, aquel que vivía en sombras. En este relato, Jesús le devuelve la salud al ungir simbólicamente sus ojos con lodo y saliva, enviándolo a lavarse a la fuente de Siloé para recobrar la vista. Este milagro incomoda a los fariseos y provoca la humillación del hombre sanado, quien valientemente reconoce a Jesús como “luz del mundo”, profeta, Mesías y Dios, postrándose para adorarlo.

Por ello, la propuesta de Jesús hoy es:

  • Profundizar en nuestra vida espiritual para alcanzar esa iluminación necesaria que genere frutos en nuestra familia, comunidad e Iglesia.

  • Discernir lo que consumimos, como al apagar el televisor cuando los programas no nos edifican; no todo lo que vemos o escuchamos es lo que realmente necesita nuestro corazón.

  • Ser “luz” para los demás mediante acciones concretas, como llevar alimento o consuelo a quienes esperan en las salas de urgencias de hospitales y clínicas.

Que, a través de nuestro testimonio, podamos decir con la misma certeza del ciego: Solo sé que yo era ciego y ahora veo”.

   

El agua que da vida





 Por Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar

15-Marzo-2020.
III. dom. de cuaresma.
Ex 17, 3-7; Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9; Rom 5, 1-2. 5-8; Jn 4, 5-42.

“Un manantial capaz de dar la vida eterna”

Llegamos al tercer domingo de cuaresma, seguimos el camino de cambio y conversión, sino lo hemos hecho nos queda todavía tiempo para tomar esta senda que nos llevará a la Pascua. Por ello, las lecturas de la Palabra se centran en el tema del agua. El agua en el cristianismo simboliza limpieza, gracia, renovación. Por eso en la lectura de Éxodo, nos narra el acontecimiento de Moisés que el Pueblo de Israel en el desierto tiene sed y entonces el patriarca liberador va con los ancianos (principales) del pueblo y golpea la roca donde está Dios y de ahí brota abundante agua para saciar la sed. 

    El mismo Salmo 94 nos da la referencia de ese hecho histórico del pueblo liberado que tuvo la rebelión de Meribá y de Masá, por la sed y la carencia de agua: la falta de fe de aquel pueblo que se rebelaba a su Dios y fue con la acción de Moisés dónde Dios se manifestó al brotar agua de la roca para dar  testimonio de su poder. 

Por su parte el magisterio que nos hace San Pablo a los Romanos, nos habla de la gracia que Dios nos hace al derramar en nuestros corazones al Espíritu Santo que será para nosotros esa fuente de “agua viva” de la gracia que podemos vaciarla a los demás. 

Finalmente el Evangelio de Juan, es una lectura extensa y no se agota en una sola reflexión por ser abundante en contenido. En ella nos narra la historia de la mujer samaritana que en el pozo de agua de Jacob, descubre, por todo lo que Jesús le dice, que él es el Mesías el Cristo. Jesús le expresa que él da el agua que sacia la sed para siempre. Este Evangelio es una parábola, se representa a todos nosotros. El Evangelio de Jesús es fuente de agua viva, que nos trasforma (limpia) para ser sus seguidores (discípulos) y evangelizadores.

Por eso, en este tercer domingo de cuaresma, la Propuesta de Jesús hoy nos invita a:

+Vivir como comunidad parroquial o movimiento nuestro carisma que debemos ponerlo en servicio a los demás y no dormirnos en nuestros laureles. 

+A que como familia en nuestro barrio nos pongamos en servicio con los vecinos para vivir una fraternidad comunitaria, que nos lleve a mejorar el ambiente en que nos encontramos. 

+Que nuestra persona sea signo de “agua viva” que brote de nuestro interior al apoyar y ayudar en nuestra parroquia o comunidad, para que los demás sacien su “sed” de hermandad, comprensión o consuelo.

Para que de tal manera podamos decir: “…tengo por comida un alimento que ustedes no conocen…mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra [y Saciarlos con el agua que da la vida]”.


El llamado que Dios nos hace a transformarnos en mejores cristianos




Por Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar


1 de Marzo de 2026.
II dom. Cuaresma. Ciclo. “A”.
Gén 12, 1-4; Salm 32, 4-5. 18-20. 22;  2Tim 1, 8-10; Mt 17, 1-9.


“Su rostro se puso resplandeciente como el sol”.

Estamos arribando al segundo domingo de cuaresma. Tiempo fuerte, especial, para la Iglesia porque significa una preparación para la Pascua. Es momento de reflexión, de conversión (cambiar o mudar la vida), de penitencia o Ascesis. Para los cristianos este tiempo debiera de ser un alto en nuestra vida y ver que estamos haciendo y qué deberíamos estar cambiando de nuestra vida.  Por ello las lecturas de la liturgia nos proponen el tema del seguimiento de Jesús.

     La primera lectura del libro de Génesis nos habla del llamado que le hace Dios al patriarca Abraham, de ser un padre para el pueblo elegido por Dios. Cómo con la gran fe de este hombre tiene  para que parta a esa tierra prometida con la bendición de Dios. Es la vocación de este padre de Israel, y a la vez su respuesta a ese llamado lo que hace de este personaje algo grande a los "ojos" de Dios y una bendición para su pueblo y todos los de la tierra.

    El Salmo 32 nos da algunas claves que reafirman la respuesta pronta y sin vacilación de Abraham al llamado que le hace Dios, al decirnos: “Sincera es la palabra del Señor y todas sus acciones son leales”...Y continua diciendo en el salmo; “Cuida el Señor de aquellos que le temen y en su bondad confían”. Con ellos nos dice que fue la fe de aquel patriarca la que Dios premió bendiciéndole a él y a su heredad.

    Pablo con la misma sintonía sigue la segunda carta a Timoteo, donde nos dice que Dios nos ha llamado a consagrar nuestra vida, como un don o regalo que nos hace, no por nuestros méritos sino por pura gracia. Y al final hay un versículo en la lectura que nos comunica con el Evangelio de Mateo que hoy se proclama; “…Cristo Jesús, nuestro Salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y la inmortalidad”. Directamente nos remite a esa transfiguración que verán los discípulos Pedro, Santiago y Juan.

     Finalmente el Evangelio de Mateo nos narra el acontecimiento de la Transfiguración del Señor. En esa lectura tiene mucha profundidad y muchos símbolos sobre lo que significa el seguimiento de Jesús, nos limitaremos a decir que el maestro llamó a los tres discípulos y los llevó al lugar donde se daría esa extraordinaria transformación. Ahí Pedro le propone hacer tres chozas para cada uno de los “aparecidos” que es Moisés (representa la ley) Elías (el profetismo) y Jesús (la Iglesia). Sin embargo el llamamiento de Dios nos hace tiene que ver, sí, con esa plenitud que se dará al final de nuestra vida o de los tiempos, pero sobre todo hoy tiene que ver con lo que significa ese seguimiento de Jesús que implica la cruz, se traduce eso en compromiso, apoyo, solidaridad, conversión, en ser cristianos que vivimos nuestra vida en una lucha continua por logra ese Reino que Cristo vino a instaurar y que quiere para nosotros.

Por ello, la propuesta de Jesús hoy en este segundo domingo cuaresmal es:

+A que como cristianos tratemos de vivir nuestra vida de fe, no aislada o a nuestro gusto, sino que seamos integrativos en la comunidad, para ser testigos de la transfiguración de Jesús.

+Dar respuesta genuina a ese llamado que Dios nos ha hecho como cristianos a vivir en el servicio y el amor a los demás, de tal manera que podamos ser portadores de esta transformación que requiere la sociedad a un mundo nuevo.

+Saber que el precio que tengo que pagar por ser discípulo de Jesús no es precisamente estar en un estado de confort sino por el contrario ir tomando conciencia que también significa ese llamado de ser discípulo la experiencia de la cruz que no precisamente es agradable o es cómoda, sino que trae ese misterio de la penitencia.

Para que de tal forma, en este segundo domingo cuaresmal podamos ser testigo del Jesús al hacer nuestra estas palabras: “…Una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi hijo muy amado, en quien tengo puesta mis complacencias; escúchenlo”.