Por Héctor Alfonso Rodríguez Aguilar
9 de noviembre de 2025.
Domingo de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letran.
Jn 2, 13-22.
"Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre".
El evangelio de este domingo nos narra el pasaje de la expulsión de los mercaderes del templo". Es uno de los acontecimientos de la vida pública de Jesús más significativa, porque nos habla sobre la autoridad y el valor que tenía el hijo de Dios para corregir una situación anómala que se presentaba en la Jerusalén de su tiempo.
Sin embargo, este acontecimiento tiene su clave de interpretación sobre la vida y la persona del Mesías. Una es que Jesús veía y sentía cómo un lugar sagrado como era el templo estuviera convertido en un espacio de comercio; de otras cosas externas que no fuera lo espiritual. Que de ser un lugar de oración fuera convertido en una vil cueva de ladrones.
La otra es que le preguntan: "Tú con qué autoridad expulsas a los cambistas y mercaderes y les volcas las mesas donde tienen todo lo que comercian"? Y la respuesta es: "Destruyan el templo y en 3 dias lo reconstruiré". Desde luego ahí se refería al templo de su cuerpo y a su resurrección después de 3 días de estar entre los muertos.
Este pasaje da para mucho en los comentarios y análisis. Pero Jesús nos viene hoy a decir, que nuestro cuerpo es un real templo del Espíritu Santo y que debemos de expulsar o sacar aquello que lo mantenga manchado, esclavizado o dormido. Nuestra vida es para darle un verdadero culto y gloria a Dios. Dado que Él habita en nosotros.
También esta misma lectura nos da el mensaje que es necesario que saquemos de nuestra comunidad, sociedad o barrio todo aquello que quebrante la unidad armónica de la misma. Expulsar los egoísmos, los chismes, las envidias, las rivalidades, los vicios, las extorsiones. Todo aquello que dañe las buenas relaciones de armonía y paz en nuestras comunidades.
Seamos valientes e inteligentes como Jesús y hagamonos violencia a nosotros mismos para quitar de nuestra persona las malas inclinaciones y aquello que haga mal a todos; dado que el individuo como persona y el Pueblo de Dios son sagrados y merece todo nuestro respeto y caridad.
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